miércoles, 24 de septiembre de 2014

Tuco

Tene preparada la mesa que en una media hora comemos, no más, me decía, mientras condimentaba una chuleta bastante mal cortada que luego transformaría en cubos para meter a un tuco que estaba preparando.
Yo la miraba a escasos metros, sentado en una silla desvencijada, de un juego de mesa heredado de familia. La cuerina toda desgajada, y pedazos de gomaespuma queriendo escapar de su destino, siempre debajo de algún culo. Le faltaba una goma de las que van en la punta de las patas, lo que me permitía hacer una especie de meneo hacia adelante y hacia atrás.
Mi vieja nunca se destacó por las artes culinarias, de hecho si hay algo que no le gustaba era cocinar, prefería levantarse pasada las doce del mediodía y hacer algo rápido para salir del paso.  Pero eso sí, los tucos que hacia eran incomparables. Jamás volví a sentir un aroma igual. De gusto? De gusto zafaban pero eso es secundario. Abrir la puerta del patio y sentir el golpe en la cara de la cebolla chisporroteando en una sartén, olor a pimienta y un sabor un tanto dulzón del morrón era inigualable. Esos días había que aprovecharlos, sentarse a disfrutar el espectáculo, saborear cada segundo, cada cambio en el ambiente según iban cayendo los elementos al fuego.
Tampoco era importante el plato, podían ser fideos, algún guiso de lentejas, o unos tallarines caseros comprados en lo del viejo Weiman. La estrella principal era el tuco, porque su presencia se hacía cuerpo y sabía queda alojado en el ambiente de la casa todo el día, y a veces hasta el otro día. Esos días me gustaba quedarme en la cocina, oliendo, en lo posible solo, disfrutando esas bondades tan sencillas que nos regala la vida.
Aquello tenía un trasfondo claro, que la vieja haga un tuco excedía a la tarea hogareña en sí. En ello estaba encerrado todo un estado de ánimo, un día prospero, de esos que a mí me gustaban. Seguramente por la tarde, se disponía a regar el patio, o por ahí me pedía que la acompañe a hacer algunas compras. La cosa es que esos días eran de madre e hijo, y una cosa así no se podía dejar pasar.
Al día siguiente la cosa podía cambiar, la rutina de las sombras y la falta de olores alegres podían regresar, lo demás se transformaba en recuerdos, o en anhelos futuros de momentos similares. En fin, todo ello pensaba, mientras arrancaba un pedazo de gomaespuma y lo pasaba de dedo en dedo, hasta que se me cayó al piso y el perro se lo llevo corriendo al patio.

Pero no había día siguiente después de un tuco, solo existía ese momento, ese tuco, quizá el ultimo. Mientras se me anudaba la garganta, acomode la silla y me volví a concentrar. El olor volvió a reposarse en las cortinas y desde allí, caía suavemente aromatizando la casa. Todo era música sonando al ritmo tenue del silbido de una hornalla. 

domingo, 28 de octubre de 2012

El patio de Don Artemio


Siempre tuve dudas de lo que pasaba en ese patio, pero no por el patio en si. Mis dudas recaían sobre el dueño del mismo, mi vecino, Don Artemio, un tano que se vino escapando de la guerra y se quedo en nuestras tierras para no volver.
Ahora de grande entiendo eso de venir a hacerse la America, pero no fue el caso de Don Artemio ya que en esos tiempos donde yo aun era purrete, este viejo tenia solo la casa, bastante modesta, y no mucho mas. Nunca se supo, o se le vio mujer alguna, ni hijos, ni nada.
En el barrio se comentaba que tenía una gran variedad de pájaros, que eso era a lo que le dedicaba su tiempo ahora que era jubilado.
Nuestro patio daba lateralmente al de Don Artemio, pero esos cinco metros que tocaban paredones, tenían un tapial altísimo, inusual, jamás volví a ver paredón de esa altura que separe la casa de dos vecinos. Calculo yo que serian 7 metros, quizá este exagerando dado el recuerdo a través de los ojos de un niño, que ven todo dos o tres veces mas grande de lo que las cosas realmente son.
La cosa es que yo no me creía eso de los pájaros, me pasaba tardes enteras pegado al tapial, escuchando los ruidos y esperando sentir algo. Sonidos de pájaros se escuchaban, eso no lo puedo negar, pero a mi no me cerraba.
Más o menos por el mismo tiempo que Don Artemio recibió la jubilación y se empezó a quedar en su casa, hubo en la cuadra, más bien en la manzana completa, una deserción de gatos. Al principio pensamos que el viejo los envenenaba para cuidar que no se le metieran en el patio e intentaran comerse sus pájaros, pero varios vecinos lo vieron acariciando gatos en alguna vereda, o jugando con Miguel, el gato capón que estaba siempre subido al mostrador del forraje del barrio, donde Don Artemio compraba la comida variada de sus supuestos pájaros.
Algunas veces le conté mis dudas a mi hermano Jorge, tres años mayor que yo, pero no hubo una sola vez que no se burlara y me mandara a hacer cosas de chicos de mi edad. “Deja de perder el tiempo en el patio y anda jugar afuera, todos los pibes están en la esquina” me decía, pero yo insistía, quería ver que pájaros tenia ese viejo, no entendía porque no había ese olor a bosta penetrante como en el gallinero de mi abuela, después de todo no debía ser tan diferente, eran aves.
Pasaron algunos años y entre cosa y cosa me fui olvidando de Artemio y de sus pájaros, mas nunca perdí la costumbre de pasar tiempo en el patio, me tiraba a leer en las tardes soleadas, armaba barricadas y escuadrones de soldados contra indios, jugaba a la pelota y varias cosas más. Teníamos varios árboles, me acuerdo del árbol de granadas, mi abuela había hecho un injerto con naranja, y el interior de la granada era de color anaranjado, muy sabrosa. Lo que nunca supe es si eso de los injertos era verdad, o me macanearon porque era pibe.
Una tarde decidí hacer limpieza en la parte de atrás, había una pila de escombros y algunas maderas que quedaron amontonadas después de cambiar unos tirantes del tinglado del frente de la casa. Empecé a separar la madera de los escombros como para hacer espacio, en eso que levanto por una punta un tirante, veo que se me viene una araña enorme hacia mi mano, solo atine a tirar la madera que fue a dar contra el tapial de Don Artemio, y como por arte de magia se formo un orificio que me permitía ver hacia su patio, un agujero en extremo pequeño, tendría un centímetro de diámetro, suficiente para mi propósito. Enseguida me atrapo la antigua duda y me dispuse a mirar para el otro patio, antes eché un vistazo hacia mi casa para estar seguro que nadie me controlaba, luego pegue el ojo al paredón intentando ver esos malditos pájaros, alguna jaula, al menos una pluma.
Para mi asombro lo único que pude ver fueron perros, no lo podía creer, eran perros, como podía ser que en todos estos años nunca se escuchara un ladrido, un llanto nocturno, tan común de estos animales.
Los días pasaron y descubrí que la cantidad exacta de perros eran siete, todos de tamaño mediano a grande. Ninguno ladraba, nunca.
Me empecé a preguntar de donde salían entonces, esos cantos de pájaros, ya que además de los perros no había nada más, nada, ni siquiera un árbol, esos pobres perros soportaban el azote del crudo invierno y las aplastantes soleadas de verano. Unos verdaderos gladiadores caninos.
Los empecé a estudiar con detenimiento, los observaba varias veces al día, no menos de treinta minutos por ves, eso me llevo a empezar a ver movimientos en sus bocas, mas bien movían los labios, yo no lo podía creer. Los que emitían sonidos de pájaros eran los perros!!! Una locura, pero a quien le iba a contar, bastaba con nombrarlo para que se decidieran a mandarme al medico de la cabeza, ya bastante por rarito me tenían, por pasar tanto rato solo en el patio.
En fin, lo importante era que ese viejo zorro les había enseñado a cantar como pájaros a los perros. Empecé a entender la deserción de gatos, cualquier felino domestico que bajara a ese patio no contaría el cuento,  esas bestias no correrían el riesgo de que alguien batiera en el barrio tamaño secreto, de perros que cantan como pájaros.
Un domingo me levante temprano, tipo seis de la mañana, cosa de no generar sospechas y me fui al fondo, a ver por mi agujero, que ya lo había agrandado un poco con un clavo oxidado que encontré en la pila de escombros. Los perros ya sabían de mi presencia, se acercaban a la pared y me tiraban aire caliente de la respiración, me olían, y hasta intuyo que me querían. Era como una amistad secreta. Al rato de estar con el ojo pegado, veo salir al viejo, les hizo un par de señas y los perros le trajeron dos gatos del fondo. Le tenían terror, ni bien se asomaba los perros agachaban el lomo y caminaban arrastrándose por el piso.
Todo era un engaño, los perros cazaban gatos para Don Artemio, ellos no los comían, se los comía el viejo. Esos perros corrían una suerte de esclavitud, trabajaban jornada completa para mi vecino, obligados a usar otro idioma, sometidos a la humillación de no poder ser lo que ellos querían ser, solo perros.
Con el tiempo descubrí que ellos solo comían una vez al día, un preparado tipo polenta que les daba Don Artemio por las mañanas. Agua solo les daba cada tres días, pero ellos ya habían aprendido a racionarla. Era sorprendente ver la capacidad de esos animales, como sobrevivían a tamaño maltrato, hacinados en un patio que no tenia mas de 40 metros cuadrados.
Uno de los perros ya sabia mis horarios, me esperaba al lado de la pared como pidiendo ayuda, con los ojos tristes y la mirada perdida en el negror de sus ojos. Nunca movió la cola, quizá eso también se los había prohibido aquel viejo ruin.
En mi cabeza empecé a entramar alguna solución para aquella tamaña injusticia, quería liberar a esos pobres animales, pero no se me ocurría como. No podía dejar de pensar en esos ojos tristes que me miraban desde el otro patio, contagiándome su angustia y su necesidad.
Una mañana, era domingo creo (aunque ya no recuerdo bien porque pasaba todos los días al lado de ese paredón, me levantaba antes de ir a la escuela para compartir un tiempo mas con ellos) un gato, negro como la maldición misma, se paseaba por el paredón en cuestión, pero no estaba bien, parecía envenenado o lastimado después de una riña nocturna. No se que otro gato podía haberse enfrentado a esta sombra de lucifer, que con solo mirarte sentías que te robaba el alma. La cosa es que estaba mal, largaba espuma por la boca y apenas se tenia en pie: Yo rogara que no cayera hacia mi patio porque no hubiese sabido que hacer. Luego de un rato, salto al patio de Don Artemio, yo fui como un rayo hacia el agujero que hacia de pasadizo visual y ahí lo veo, haciéndole frente a los siete, si, aunque no me crean, estaba casi al borde de la muerte pero ninguno de esos animales se atrevió a acercársele a menos de un metro de distancia. Y ahí se quedo el felino, acostado, a la espera de su muerte que no tardo en llegar. Pocos minutos después apareció don Artemio, con unos calzoncillos largos y unas chancletas que no resistirían otro verano. Les hizo una seña con la mano y los perros salieron disparados para el fondo del patio. Uno de ellos, el que me esperaba todas las mañanas, cruzo en el trayecto, una mirada cómplice hacia el agujero, como queriéndome decir algo. Luego se acerco al gato que yacía sin vida, lo agarro suavemente con su boca y se lo llevo al viejo.
La mañana siguiente me apresure a lavarme los dientes, fui corriendo al encuentro de aquellos que ya eran mis amigos. Esa mañana no hubo ruidos ni de pájaros, ni de perros, ya no había ruidos. Nada se movía en aquel patio vacío, la puerta de chapa oxidada estaba abierta de par en par pero no alcanzaba a ver desde mi ubicación. Salí corriendo hacia la vereda, había gente en la esquina y luces. Corrí un poco mas hacia ese lugar, en el frente de la casa del viejo Artemio había una ambulancia y muchas personas que hablaban y hacían señas.
Yo sabia que ese gato era la muerte misma, pero a su ves fue la salvación para aquellos siete perros, de los que nunca más volví a saber. Andarán por ahí ladrando, o cantando como pájaros. 

miércoles, 11 de julio de 2012

Entre Pares

Sonaban absortas las notas perdidas de una música lejana, la noche era dolorosa, una noche como tantas repetidas, de insomnio mezclado con dolores de cabeza, entresueños mezquinos, que solo poblaban la sala de angustia y oscuridad.

Aquel hombre decide sentarse en un borde de la cama, sin luz, y comienza a caminar por la casa con una extraña sensación, quizá la misma de aquellos que han perdido la visión, de ir a los tumbos por el lugar. Lejos de causarle miedo, esto le dio un sabor dulzón como de alegría, y empezó a desplazarse por todos los espacios de su vivienda intentando conectarse con cada uno de ellos, aprendiendo a deslizarse sin golpear nada, sintiendo la energía de cada rincón, que se volvía mágico sin luz, solo el espacio y su presencia. En algunos lugares tuvo ganas de llorar, lo invadía en el pecho un ardor agridulce, pensaba lo mucho que tenia y lo poco que disfrutaba, esto lo angustiaba aun más. Descubrió que era un hombre incapaz de disfrutar, no estaba en su esencia, no lo sabia hacer, y eso lo hacia muy infeliz.

Pensó que esa era una buena noche para cambiar, desde su interior, desde esa oscuridad que había hallado, para encontrarle luz a cada rincón, a cada espacio, a cada cosa. Supo también que esa no era una decisión tan liviana que con solo pronunciarla empezaría a gobernar la estadía de su cotidianidad, debía tomar el protagonismo de su vida para que ello sucediera, lo sabia, y esto lo asustaba. Ya vivió muchos años de la misma manera, naturalizando su cuerpo a la costumbre de los penares, no seria fácil cambiar cosas de un día para otro. Pensó en hacer de ello algo metódico, darse tiempo para atravesar esos cambios y hacerlos cuerpo, verse siendo de esta manera nueva que el suponía que le gustaría ser.

Se sentó de nuevo en la cama, siempre a oscuras, y recordó que ya hacia 8 meses, 8 largos meses que ella ya no estaba al otro lado de la almohada. Sus ojos se humedecieron nuevamente como tantas noches. Eso también debía cambiar y eso era lo que mas le dolía, se había acostumbrado a aquella dulce sensación de extrañarla, ya era parte de sus días (y noches claro).

Se recostó nuevamente y sin darse cuenta su mano se metió entre la funda de la almohada y sus dedos alcanzaron a tocar algo tibio. Su primera sensación fue de exaltación, pensó que podía ser una rata o valla a saber que cosa, pero luego se tranquilizo y decidió agarrar con su mano aquello que dormía en el fondo de la funda, y en el trayecto hacia el exterior su rostro esbozo una débil sonrisa, como sabiendo aun sin ver, lo que su mano rescataba hacia la superficie, como si lo trajera a la vida misma.

Una vez afuera y con el espacio en continua oscuridad, se reincorporo nuevamente y dirigiéndose al armario, abrió el tercer cajón, ese cajón donde ella guardaba sus cosas, solo había una media, olvidada, o dejada quizás por la falta de su compañera. El la tomo y la junto con lo que había extraído de la almohada, algo allí empezaba a funcionar metafóricamente, quizá no para ninguno de nosotros, pero si para el.

Pensó que por su culpa algunas cosas habían pasado 8 meses sin tocarse, sin acompañarse, sin darse calor. Prendió el velador manchando de un amarillo débil un esquinero de la habitación y miro alrededor, una sonrisa se le dibujo en el rostro y agradeció. Solo el sabe quien era merecedor de tal agradecimiento, si la luz, las sombras o alguna otra cosa ausente en la escena vivida, o quizás represento la alegría de las medias luego de tanto tiempo sin sentirse. Por eso solo el sabe cuanto a cambiado su vida aquella noche.


martes, 27 de marzo de 2012

Algunas consideraciones sobre la "Palabra"

He notado que las gentes (me incluyo) arranca las oraciones con la palabra “creo” o en su defecto “creo yo…” tal cosa, quizá a manera de pre-defensa, previniendo el siempre usual ataque de un otro, con frases frecuentes como “para todo tenes una opinión” o “vos si que te las sabes todas” o cualquier otra similar que, a diferencia de palabras, igual significado.


Esa especie de escudo lingüístico da la ilusión de que todo aquel que escuche lo que estamos por desarrollar entienda que, aquello no es la elaboración de una verborragia acelerada producto del tiempo de la fluidez, ni tampoco el logro de un trabajo de elucidación y construcción de conocimientos, sino solo la puesta en escena de aquello que, a su criterio “cree” que es lo que debe decir.
Es de esperar también que, luego de una construcción de ese tipo basada en la creencia, se produzca una posible batalla lingüística entre aquellos que defienden esa creencia y entre aquellos que no, o que mas bien han construido otra creencia sobre una misma situación. He aquí uno de las engaños de este tipo de formulaciones “apalabradas” ya que tendemos a confundir o mas bien a endilgar este tipo de conflictos a las palabras y sus significados, desviando con ello el foco del conflicto, que no es otro que la constitución de un “yo” palabristico cimentado en creencias, que produce la carga de una defensa posterior y constante de aquella creación que es nuestra, y como tal sentimos que, todo aquel que no coincide con ella, no coincide con nosotros.

Las palabras son la base fundamental de la comunicación social, es la manera en la que todos permanecemos ligados, conectados, y en constante creación-limitación. Cuando tendemos a defender aquellas construcciones, ya sean nuestras o ajenas, sin entender cual es la finalidad de las palabras, caemos en fronteras difíciles y cenagosas, espacios de no-construcción, transpolamos un error humano en un error lingüístico, nos liberamos de culpa y caemos sobre las palabras que nosotros construimos para comunicarnos, creamos problemas entre personas y no diferenciamos que hay algún problema en la forma en que nos estamos comunicando, ya sea de emisión o de recepción.

De ahí se define que, la palabra es una herramienta fundamental para nuestra cultura, pero trabaja de dos maneras, como limite-fundante y como limite-limitante, por eso es vital la importancia del uso que se le de, para poder entender lo que decimos cuando estamos diciendo.

La construcción de realidades basadas en la palabra es tan variada que ni la podemos imaginar, muchos intentan constituir una especie de mensaje común, una construcción social compartida se podría decir, pero ella nunca puede esconder su imagen viciada que la vincula a ciertos grupos de interés que intentan dominar a través de lo que se comunica, las ideas que se deben tener de la realidad.

Cuando se producen choques violentos, enfrentamientos virtuales de realidades opuestas construidas mediante la palabra, es cuando se siembra la duda de que no todo lo que es nombrado es real, sino una construcción que persigue una realidad distinta a la de nosotros (teniendo siempre en cuenta la diferencia entre real y realidad). Esto da lugar a otras estrategias del lenguaje como son las metáforas, muchas veces utilizadas para descifrar situaciones, disfrazándolas de palabras para que parezcan otra cosa. Son construcciones que permiten alivianar estos enfrentamientos de palabras, y logran muchas veces confundirnos, haciéndonos creer que nuestra realidad también es la de otros, borrando ciertos limites y atrapándonos en una construcción cuasi-social, a la que luego también viene ligada una especie de culpa moral, que pisotea nuestra Ética y nos hace vivir mas en un estado de miedo-compromiso que de deseo y placer.

Cuidar nuestras palabras es cuidarnos como sujetos, ellas nos brindan la posibilidad de expresarnos, si no la defendemos y la desarrollamos, luego seremos la expresión de ese descuido, al menos en nuestra relación con los otros, siempre presentes en nuestra constitución subjetiva. “La mirada del otro me define” decía Sartre.., y en esa frase encuentro una ves mas, la imposibilidad de la existencia sin  un otro.

viernes, 17 de febrero de 2012

Un día como tantos

Hoy me descubrí entupido, inocuo y sin sentido


Quizá hoy no fue el mejor día para reencontrarme conmigo mismo

Pero fue el día que nos toco, a el y a mi, una misma cosa los dos

Confundidos en el imaginario, en el propio o en el ajeno

Pero perdidos al fin, o al inicio, no lo se.



Habito espacios intensos y otros no tanto

Como deambulando entre la noche y la mañana

Vivencio experiencias profundas y otras menos

Que se asemejan a no se que cosas



El verme en otros, a veces no me es grato

Más bien me muestra mi ingratitud con la vida

El sentirme querido me aleja de la luz

Como un animal salvaje temiéndole al fuego



Me miento y me excuso en el instinto de sobrevivencia

Y el amor? Que instinto es ese que acallo, que me mantiene vivo

Es mi razón que lo disfraza, con las ropas viejas de la cordura

Es mi sinrazón quien lo impulsa a latir más alla del pecho



Algunas veces me pienso, y me río

Algunas veces me imagino a otros pensándome

Y me río aun más

Otras veces me pierdo en el estío, sin necesidad de pensar.



La vieja de la calle asfaltada sigue regando

Aunque las complejidades aumenten a diario

Otro viejo vende cuadros, feos, sin técnica

Pero los vende desde sus ojos, brillosos.



Ya no se ni lo que digo, el día a sido largo

Mejor me acuesto así descanso

Pero a veces me pienso

Y me río.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Experiencias sobre la intervención en la Investigación

Hijos de la fragmentación?

Pareciera que los tiempos han cambiado y con ellos, muchas costumbres sociales. No descubrimos nada nuevo, si hablamos de la velocidad con la que se vive hoy en día, o los bombardeos consumistas que soportamos producto de un capitalismo cada vez más abarcativo y global. Lo que si se puede advertir es la falta de adecuación de los sujetos a estas nuevas circunstancias, donde parecen estar desprovistos de aquellas herramientas sólidas que eran brindadas por las instituciones. Esto parece producir sujetos-sujetados a las viejas estructuras organizacionales sin poder desarrollar nuevas estrategias para “habitar” aquellos espacios construidos por fuera del soporte institucional. Lo podemos ver hasta en nuestras maneras de comunicarnos, ya que el lenguaje también es una institución que parece haber sufrido esa especie de desfondamiento. Estamos atravesando una transformación lingüística en donde gran parte de los conceptos parecen sufrir una re-significación producto de su adaptación a los tiempos posmodernos. Habitar espacios en los cuales las palabras son desconocidas nos pone en el compromiso de adaptarnos, o de lo contrario pasamos a no comprender lo que se “esta diciendo”, quedamos enfrascados en los significados primarios y como producto de ello, nuestra comunicación merma y se vulgariza, disminuyendo las posibilidades de relacionarnos, de formar nuevos lazos y construir vínculos.

Buscando certezas en lo incierto

"Las estructuras sociales se construyeron a lo largo de la historia basándose en lo corpóreo, como aquello palpable y visible, que le da al hombre una cierta sensación de seguridad, de estabilidad que le permite desenvolverse con cierto respaldo. Es muy difícil proyectar una sociedad proponiendo como material constituyente, como elementos vitales de la construcción, la incertidumbre y la relatividad"1, pero parece ser que no tenemos hoy la posibilidad de elegir, la situación esta dada de esta manera y esta en “nosotros” lograr hacer pie en un terreno cenagoso, desconocido y fugaz.
Todo acto por si solo parece tener hoy una “carencia de sentido” que antes era brindada por el disciplinamiento institucional. Hoy todo es incertidumbre y desprotección, por eso se necesitan nuevos procesos de subjetivación que nos ayuden a través de un “pensamiento complejo” a la adaptación de las antiguas estrategias a las nuevas condiciones situacionales, cargadas de autonomía.

Construyendo situaciones

Al hablar de construcción de situaciones intentamos inferir que, es posible ir ganándole terreno a la fluidez a través de la producción de medios que se constituyan como propios. Es posible lograr la confeccionar de espacios y tiempos libres de marcas instituidas y producir también la subjetividad capaz de habitarla.

“La fundación de una situación es también la fundación de su habitante” 2

Para ello necesitamos un compromiso personal y ético, constituirnos como agentes de cambio capaces no solo de habitar sino de construir estos nuevos espacios.

Investigación adaptada a las nuevas subjetividades

Cuando trabajamos sobre un proceso de investigación damos por sentado que existirán algunos enunciados que serán puestos a prueba mediante lógicas de construcción, como un método de trabajo (selección, clasificación, ordenamiento y organización de datos) que nos llevara a un resultado final, esta a sido y es aun la manera mas común de llevar adelante los procesos de investigación científica.
Hoy podemos ver que en esos procesos, las personas intervinientes no pueden quedar por fuera de la investigación ya que están “involucradas” en ella desde lo vivencial, su sola participación modifica lo que se estudia y las modifica a si mismas y al grupo de trabajo.
Todos los procesos que se llevan adelante en una investigación tienen carácter de intervención, aun la observación, ya que esa observación va dar como resultado lo que el observador dice que ve, sin poder asegurar que eso que ve sea lo que este pasando.

“La objetividad es una ilusión de que las observaciones pueden hacerse sin un observador” 3

Desde la mirada Psicosocial se intenta trabajar con la “intervención” como herramienta y se toma como punto clave para determinar el rumbo y la implicancia que tomara una investigación. Una intervención tiene que ver con una acción en el campo social, llevada a la práctica mediante algunos procedimientos que buscan un determinado propósito, persiguen una finalidad que no es otra que alterar a los sujetos involucrados en dicha acción. Se pretende desmitificar las conclusiones cerradas y objetivas como único resultado de un proceso de investigación, proponiendo acciones como la escucha, la demora, la significación, la construcción conjunta a través del encuentro y la elucidación. Es el intento por abordar otros suelos nutricios con cualidades desconocidas surgidas desde la afectación con el “otro”, la construcción compartida de experiencias que nos potencien subjetivamente y nos constituyan en sujetos capaces de habitar estas nuevas formaciones sociales de mutación constante,  dinámicas y caóticas. Ya no podemos dar nada por supuesto, por eso la intervención intenta una búsqueda constante de algo por descubrir, aun cuando no se sepa que es. Es un interrogante continuo, un recomenzar permanente cargado de pasiones y nuevas miradas, una posibilidad de escucha para construir desde ese puente que se forma entre lo que se pregunta y lo que se contesta.
Por otro lado debemos evitar caer en la tentación de la interpretación, ya que la intervención no persigue una finalidad terapéutica sino una acción social, de esta manera evitamos caer en significaciones erróneas, o endilgarle sentido a algo que no fue dicho con ese fin.  La intervención como herramienta y la implicación como medio de acción, persiguen el propósito de no claudicar desde un comienzo a la posibilidad de construir nuevos espacios de posibilidades, comprender que hay otras miradas y posiciones más allá de las hegemónicas. Ya sea en el ámbito de las ciencias sociales como en la vida misma no es posible encasillar de una vez y para siempre, lo que tenga que ver con el devenir social ligado a la dinámica vincular, la construcción ya no pasa por las instituciones ni por los valores individuales, sino por el compromiso compartido entre los sujetos, de ahí que surge la intervención como mediadora, actuante en las grietas de un “entre” que permite la producción de un “nosotros”.

Bibliografia
1-Nota sobre el caos, en este mismo Blogg.
2-Lewkowicz, M. Cantarelli, Grupo Doce; “Del fragmento a la situación. Notas sobre la subjetividad contemporánea”; Ed. Altamira; Pág.109
3-Paul Watzlawick y Peter Krieg. Despedida de la Objetividad. El ojo del Observador. Pág. 6




lunes, 31 de octubre de 2011

Uno en cada pueblo

Claro esta que en cada pueblo hay un personaje y mil historias que lo acompañan, son aquellos sujetos poco favorecidos por la vida, dueños de alguna dificultad que no le permite desempeñarse dentro de los parámetros que todos conocemos y naturalizamos como normales, pero se las ingenian siempre para hacerse querer y de alguna u otra manera logran destacarse y alcanzar popularidad en el lugar. En las ciudades también existen estos personajes, y suelen estar desparramados por distintos barrios corriendo la misma suerte que los de los pueblos. Como era de esperar en mi barrio estaba “Pajarito” que andaba montado en un palo de escoba con una soga en la punta que hacia las veces de manubrio, algunas veces de bicicleta y otras de moto, esto lo decidía el de acuerdo a las urgencias que le iban surgiendo, nosotros solo nos enterábamos por el andar silencioso emulando una bicicleta o el acelerar desenfrenado de su moto bailarina.
Cuando chico nunca le preste mucha atención inclusive muchas veces nos reíamos de Pajarito y sus payasadas, a veces lo dejábamos jugar al futbol y era muy divertido, parecía un nene que corría alocado para agarrar la pelota como sea, para el no había rivales ni compañeros, solo quería la pelota, la agarraba y en ves patearla la tomaba con las manos y corría desencajado saliéndose de los limites de la cancha. Una ves tuvimos que ir hasta la “casa” a buscar la pelota porque se la había llevado.
Con el tiempo mis ocupaciones fueron otras y ya mis días no transcurrían en el juego y la diversión sino entre el trabajo y la familia, estaba bastante atareado y ya había dejado de hacer muchas cosas que me gustaban cuando chico, como jugar al futbol y pasar tiempo en la esquina con los muchachos. Lo que no había cambiado era Pajarito, el si estaba siempre en la esquina, esperando, nada en particular, solo esperando. Hablaba con todo el mundo porque todos lo querían, lo saludaban y le regalaban cosas. Dormía en una casucha de gas de un vecino, que lo dejaba estar siempre ahí, tenia una mochilita con algunas pilchas y unas revistas de El Grafico que le habían regalado, siempre leía lo mismo, pero ahora que lo pienso bien debería mirar las fotos porque no creo que halla sabido leer.
Yo llegaba todas las tardes del trabajo y el me estaba esperando en la reja de casa, nos saludábamos y el se quedaba parado esperando que yo volviera a salir, siempre le daba algo de comer y el me decía “gracias señor”; a mi me causaba mucha gracia escucharlo decirme señor, era pajarito, el me conocía a mi dende pendejo, ahora debía tener como cincuenta y largos. Esa escena repetida me hacia pensar el una mascota y su amo, todos los días a la misma hora, el mismo ritual, la comida como nexo. Me empecé a preguntar que pasaría si yo no le diera algo de comer, si al otro día vendría igual a esperarme en la reja. Me propuse un día no le darle nada, pero no pude, entre y lo mire por la ventana, se quedo parado ahí por mas de media hora, esperando, no pude.  Decidí cambiar la estrategia y lo que hice fue hablarle antes de entrar, de cualquier cosa, preguntarle algo a ver que me decía. Fue así que un jueves bajo del auto y ahí estaba pajarito, lo saludo y el me devuelve el saludo, me paro y le pregunto como había pasado el día, el contesta.
-Hoy fue un día hermoso Sr., comí unas frutillas con Javier y después a la tarde Omar me convido unos mates. Barrí dos veredas y me dieron cuatro pesos, no puedo pedir mas por un día no le parece?
-Quien es Javier? Pregunto
-Javier es el hijo mas chico de Luis, su vecino de enfrente. Lo tendría que ver jugar al futbol, no sabe como la mueve. Su hijo, Lautaro también juega muy bien Sr., lo se porque juegan en la misma categoría y yo he visto algunos partidos.
- Y Omar? Quien es Omar?
-Omar es el mecánico de la esquina, que raro que no sepa el nombre, usted ya le llevo más de una ves el auto. Me acuerdo de esa mañana que no le arrancaba, fue en enero no?
-Si en enero. Le contesto algo confundido y empezando a caminar hacia adentro.
Voy a la Heladera y armo uno de Milanesa con un poco de queso y mostaza. Nunca supe si lo que yo le daba a el le gustaba, el nunca me dijo nada, ahí me di cuenta que yo nunca le había preguntado nada.
Salgo a la vereda pero pajarito ya no estaba, quede desconcertado. Se abra molestado porque cambie la rutina? Entre y me puse a reflexionar sobre lo sucedido, cuantos años estuve errado sobre pajarito, el loco se sabe todo sobre la gente del barrio, y sabe porque pregunta, charla con todos, se involucra con sus vidas. Y yo? Que pelotudo por favor, yo me creía alguien importante en el barrio porque trabajo en un Banco, llego con mi maletín y mi corbata, que pelotudo por favor!
Pajarito ya no esta entre nosotros, pero  través de su vivir cotidiano nos ha demostrado a mas de uno cual es el verdadero trabajo social. El no creía en dioses sino en la gente, el no le interesaba la comida sino el vinculo, el no buscaba plata sino Sentidos.
Nunca vas a trabajar pajarito? Me acuerdo que le  preguntaron una ves, y el loco respondió – Yo cuido el barrio pibe, no me da el tiempo para trabajar en otra cosa, es mas si yo tuviera trabajo, quien cuida tu casa a la noche? Quien le lava el auto a tu viejo? Y el pasto de la vereda, lo vas a cortas vos? No puedo trabajar, no me da el tiempo.