lunes, 6 de junio de 2011

Escritores invitados

FOTOS DE ENDÓ ENRENMI

Por LEANDRO TRILLO
Viedma, Junio de 2011

Endó Enrenmi era lo más parecido que hallé alguna vez a una frecuencia. Es decir, era persona, claro, y no obstante ello, era frecuencia. Explicarlo: difícil para mí pues el lenguaje que he aprendido llega hasta lo que es una sola cosa por vida y no dos. De modo tal que o me refiero a él como persona o como una frecuencia. Pero no podré ambas cosas a la vez. Preferiré referirme a él como persona.
Endó Enrenmi, como característica, no tenía ética. Parece imposible, pero no la tenía. Así que nada hay para preocuparse ni para juzgar en este sentido. Al carecer del sentido de la ética…
Por lo demás, Endó Enrenmi había sido muy distinto a cualquier otra persona, pero desde hacia unos meses ya no lo era. Estaba a la onda, lucía bien, muy bien, con ese brillo social en el cuerpo, en la risa; y se comunicaba con y en  frecuencia con la sociedad.
Gustaba de las posibilidades que pueden hallarse en una cocina, de la mujer de los coros, de descubrir artimañas capaces de manipular las tramas que suceden en los juegos de azar, del atún y los garbanzos y particularmente gustaba del ocio. Aunque habrá que decir que ninguna de estas predilecciones se sostenía a través del tiempo. Por ejemplo, tras degustar Endó Enrenmi dos o tres veces al atún y a los garbanzos, o a la mujer de los coros, todo adoptaba nuevas formas, como si se tratara de una mudanza. Abrupta. Las estanterías de pronto estaban delante de una pared desconocida y había que hacer un lugar de ese no lugar y principalmente había que volver a guardar y volver a construir confianza con los objetos desconocidos, pues no siempre los nuevos lugares se presentan como confiables para dejar en ellos, a la intemperie y al acecho de fantasmas extraños y chismosos, los recuerdos atesorados, las fotos del caos que hicieron lo que soy de mi, las copas de alguien a quien no conocí.
Una noche Endó Enrenmi fue a un bar. Esa misma noche descubrí que él era frecuencia. Lo sospeché a partir de que me pareció extraño que cuando hablaba, parecía una radio. Cuando se movía, lo iluminaba la imagen que queda en el televisor cuando te cortan el cable. Como si se borrara y se volviera a pintar. Como si se borrara y se volviera a pintar.
Un guitarrista marcó el acorde de do mayor y las piernas de Endó Enrenmi desaparecieron, como si la música las hubiera borrado de las tres dimensiones conocidas con una goma. La melodía de aquel guitarrero continuó con un inmediato re mayor que, al parecer, tuvo algo que ver con la desaparición de los rasgos de la cara de Endó Enrenmi. Y antes de desaparecer del todo del mundo conocido, el guitarrero marco un catastrófico mi menor.
No es improbable que la nueva y desconocida disposición adoptada por Endó Enrenmi lo haya llenado de poesía. Aunque dicen que eso en algún momento o en otro, a todos nos pasa. La última vez que ví a Endó Enrenmi en frecuencia persona me recomendó que esté despierto, atento. Lo más que pudiera. Desde aquel entonces no duermo y a mi ajada salud la asalta una aguerrida y tétrica obsesión con cada uno de los acordes marcados por cada uno de los guitarreros a los que, ya desesperadamente, persigo y percibo.

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